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23 y medio... y un poquito más

Un poco más de la mitad de este año de mi vida. 23 años cumplidos el día 23 y con mi onomástica también en 23. Y nos preguntamos: ¿alguna señal? ¿algun milagrito? ¿algo que señale este año de mi vida por encima de los anteriores? No, no las hay.

Hay esperanza e ilusión. Puestas al servicio de un supuesto esfuerzo constante y lento que quizá en algún futuro provoque cambios espectaculares. O como dicen los que escriben sobre la suerte: para que la diosa fortuna te toque con su varita tendrás que ponerte en disposición de que así lo haga al menos (no esconderte para evitarla) Vamos, que al final los milagritos no lo son tanto.

También es verdad que al paso que vamos, dificil será que me tome por milagro algo que lo sea. Porque a fuerza de imaginar uno se cura de espanto. ¿Que la vida sigue sorprendiendo? No lo dudo, lo compruebo casi cada día, al rato por supuesto (yo y mi ser de efectos retardados) Pero, ¿cómo librarse de ese velo tan atractivo, que crea ante mis cinco sentidos una pantalla que no me deja disfrutar?

A veces la venzó, puedo ver más allá de mis narices. Es entonces cuando existe un caldo de cultivo para esas perlas de felicidad que nos va dejando la vida. Es entonces cuando sé, mientrás lo estoy viviendo, que ese instante de mi vida será recordado con un cariño especial; es como sentir melancolía del presente, de lo que sientes en ese justo momento. Es maravilloso verificar la existencia de circulos viciosas ascendentes en terminos de felicidad, y uno de ellos es ese que he descrito.

El caminito de baldosas amarillas pasa por todos esos anticiclones emocionales... ¡Chasquea tres veces tus zapatos! 

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